Ayer, cuando regresamos a nuestro hogar y encontramos una ventana rota, la billetera vaciada y otros objetos de valor sustraídos, pensé que habíamos sido víctimas de un robo, de un ladrón, de un sinvergüenza...
Luego, analizando la situación, me di cuenta que habíamos sufrido los efectos colaterales de flagelos mayores llamados narcotráfico y drogadicción, monstruos que están matando el alma y la voluntad de muchos de nuestros jóvenes (y no tan jóvenes).
Inmediatamente comprendí, que si bien habíamos experimentado daños materiales, las verdaderas víctimas son aquellas que han sido atrapadas por la maldita droga y sus verdugos mercaderes.
El efectivo va y viene (últimamente más va que viene), lo material puede repararse o volverse a comprar, pero esos seres que han sido atrapados por la droga, tienen el alma rota y eso sí que es una tragedia.
¿Cómo afrontar esta tragedia?
Solos no podemos, requiere un esfuerzo constante y mancomunado que incluya a los gobiernos en todos sus niveles, al sistema educativo, al sistema de salud, al sistema de seguridad, a los medios de comunicación, a organizaciones comunitarias, a la familia (pilar fundamental) y a todos y cada uno de nosotros, trabajando en pos de no ignorar, de acompañar, de educar, de concientizar, de prevenir, de AMAR, sobre todo AMAR.
La misión es muy difícil, pero no imposible. Ya es tiempo de dejar de echar culpas, de dejar de ser expectadores, de dejar de hacernos los distraídos y comenzar a hacernos cargo de esta lucha en contra del narcotráfico y la drogadicción...
Juntos podremos hacer la diferencia...
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